La ortodoxia siempre debería conducirnos a la ortopraxia
Hace algunas semanas, me encontré en las calles de Quito con un grupo de personas de la iglesia donde mi esposa y yo servimos. Por la iniciativa de un hermano de compartir el evangelio y repartir comida a personas en situaciones de escasez en la calle, el ministerio de misericordia decidió realizar dicha obra y me uní. Durante nuestro tiempo juntos, hablé con una persona en una condición severa de mendicidad. Esta persona no tenía abrigo ni techo y olía a alcohol. No es una persona con la que me hubiera topado fácilmente en mi vida cotidiana. Él me contó un poco de su vida, y yo en cambio tuve la oportunidad de decirle que nuestras acciones fueron motivadas por el amor que habíamos recibido en Jesucristo. Aunque yo me sentí un poco incómodo, a la vez sentí una satisfacción por haber salido de mi comodidad para manifestar la compasión de Cristo y compartir sus buenas nuevas a personas en situaciones infinitamente más difíciles de las mías.
Al reflexionar de la experiencia, siento que tengo una mejor perspectiva de cuán bendecido soy y un nuevo ímpetu a salir de mi comodidad y compartir mis recursos y el evangelio con las personas que Dios ponga en mi camino. Pero también aprendí una verdad fundamental. Esta verdad es que la ortodoxia siempre debería conducirnos a la ortopraxis. Ahora, yo sé que las palabras “ortodoxia” y “ortopraxis” no se usan a menudo en la cotidianidad de nuestras vidas. Así que permítanme definirlas. La “ortodoxia” es una palabra que sencillamente significa el pensar correcto. La “ortopraxis” significa la práctica correcta. Bíblicamente, las dos van a la mano. En la vida cotidiana, sin embargo, es común tener la una sin la otra.
Puesto que soy alguien quien predica y enseña la Biblia a menudo, vivo en un mundo de conceptos teológicos. Ya sean de los que hablo, conceptos como expiación, justificación y santificación, entre otros. En sí, no es algo malo vivir en este mundo. Por algo Jesús dijo que una parte fundamental del gran mandato es el amar a Dios con nuestra mente (Marcos 12:30). Así que, el conocimiento de conceptos teológicos y bíblicos debería ser poseído por personas que aman a Dios. Sin embargo, el mero conocimiento sin aplicación práctica queda corto de la totalidad de lo que Dios quiere para nosotros. Tal y como leí en un folleto patrocinado por el ministerio Equipando Siervos Internacional, la acumulación de información sin transformación resulta en hipocresía.
La hipocresía se define como el fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan. Es posible tener mucho conocimiento bíblico pero no vivir a la luz de ello. Para combatir esta tendencia, el Apóstol Santiago escribe a sus lectores: “sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos” (Santiago 1:22). Yo también necesito esta exhortación para mi propio corazón. Yo anhelo avanzar en mis estudios teológicos un día, y me encuentro estimulado a conversar con otros hermanos en la fe cuyas bibliotecas están llenas de las obras de Calvino, Edwards, Spurgeon y más. Pero la pregunta que debería hacerme es: ¿Cómo estoy ocupando esta información para mejor amar a Dios y amar a mi prójimo de forma tangible?
La razón primordial porque me sentí tan satisfecho después de haber salido con el ministerio de misericordia de la iglesia es que - por la gracia de Dios - tuve la oportunidad de poner en práctica la fe que confieso. Estuve aplicando en forma tangible las verdades que tanto tesoro. En este caso, estuvimos en las calles para ministrar a las personas tomando en cuenta que la navidad se nos iba a avecinar. Cuando pienso en la navidad, una de las doctrinas claves que sobresale es la de la encarnación de Jesucristo. Como término teológico, la palabra “encarnación” significa que Jesús tomó forma humana. Antes de salir con el ministerio de misericordia, yo pudiera haber explicado de forma rudimentaria que es la doctrina de la encarnación. Pero la realidad de la encarnación cobró para mí un significado más profundo cuando tomé el paso de obediencia por las implicaciones de dicha doctrina al salir con los hermanos de la iglesia.
Ante la triste realidad de nuestra condición de pobreza espiritual y todas las consecuencias que la conllevan, Jesús - en obediencia a su Padre - asumió carne al venir con este mundo para “salvar a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21). Fue necesario que Jesús viniera en la carne para rendir una obediencia perfecta delante de Dios en nuestro lugar y morir como un sacrificio perfecto y vicario por nuestros pecados. Si Jesús no hubiera venido en la carne, nosotros no tendríamos ninguna esperanza de salvación de nuestros pecados ni tampoco el privilegio de reconciliación con el Dios del universo. En resumidas palabras, la encarnación de Jesús que acabamos de celebrar esta navidad es imprescindible en la obra de salvación.
Aunque nuestra salida no fue nada en comparación a la obra gloriosa de la encarnación de Jesús, fue impulsada por la misma. Si Jesús, el eterno Verbo de Dios (Juan 1:1), puso a un lado sus privilegios divinos al asumir carne en nuestro mundo para salvar a los pecadores pobres y sin esperanza, ¿cuánto más deberíamos nosotros salir de nuestros entornos cómodos para relacionarnos con personas sufriendo los efectos del pecado y compartir con ellos la salvación disponible en Jesús de lo mismo? Pienso que nuestro actuar esa noche - impulsado por todo lo que implica la encarnación de Jesús - es un ejemplo de cómo nuestra ortodoxia debería llevarnos a la ortopraxis. Estuvimos siendo hacedores de la palabra y no tan solamente oidores. También, conseguimos una perspectiva más profunda de la doctrina de la encarnación de lo que hubiéramos tenido si hubieramos elegido quedarnos en casa.
Es por eso que un estudio de teología que no tiene como fin la obediencia práctica es un estudio incompleto. Si la estudiamos así, no estamos siendo hacedores de la palabra y tampoco estamos cosechando un entendimiento más profundo que viene cuando la doctrina se conecta con la vida. En las palabras de Wayne Grudem, “El estudio de la teología sistemática de forma correcta nos hará cristianos más maduros. Si no nos hace, no la estamos estudiando en la manera que Dios quiere sea estudiada”. Espero que estudiemos más teología en el año 2026. No para la mera acumulación de información bíblica para impresionar a los demás, sino para conducirnos a la piedad. Así tendremos una ortodoxia que ilumina a nuestras mentes y arde a nuestro corazones para llevarnos a actos prácticos de obediencia: la ortopraxis.
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