Gozo en la Humildad Ante Dios y su Obra


Hace algunas semanas mi esposa y yo asistimos a una conferencia para matrimonios patrocinada por una iglesia hermana en Quito, Ecuador. Esta conferencia tenía aproximadamente 250 asistentes, de las cuales representaron varias iglesias de Quito y otras ciudades de Ecuador. Al entrar al salón de la conferencia, estuve sorprendido por la cantidad de personas conocidas presentes. Vi también un puesto de libros relacionados con el matrimonio, además de propagandas de algunas de las editoriales de literatura cristiana más conocidas en el mundo hispanoparlante. Siendo yo un cristiano (¡un misionero!) uno hubiera pensado que hubiera estado contento y feliz al ver tantas personas conocidas y tener tanta accesibilidad a literatura cristiana de doctrina bíblica y Cristocéntrica. 

Sin embargo, inicialmente no me sentí contento y feliz. Más bien me sentí inseguro y envidioso ante tantas personas conocidas y los ministerios que representaban. Yo pensé: “¿Qué están pensando ellos de mí?” “¿Qué han hecho en sus ministerios que yo todavía no he hecho?” Mi esposa y yo fuimos algunos de los primeros en llegar, así que saludamos a los conocidos allí y buscamos nuestros asientos. Para decir la verdad, no tenía muchas ganas de estar presente, pues estaba demasiado autoconsciente, obsesionado de agradar a las personas conocidas presentes y a la vez envidioso del éxito ministerial de ellas. Inicialmente estuve con esa actitud pecaminosa, pero prontamente mi actitud cambió. ¿Qué es lo que produjo el cambio de actitud?

Empezamos a cantar. Fuimos aproximadamente 250 personas, cantando himnos y alabanzas exaltando la grandeza de nuestro Señor. Yo he encontrado que la mejor manera de salir de la burbuja de egoísmo y orgullo es contemplar la hermosura del Señor en la comunidad cristiana. Y así fue mi experiencia al cantar con esos santos preciosos. Lo que yo estaba experimentado fue algo increíblemente bello. Hace 200 años, el cristianismo protestante evangélico no estuvo presente en esta parte de Sudamérica. Pero en noviembre de 2025, me encontré entre una multitud de santos alrededor del Ecuador alabando al Señor y dispuestos a aprender de su Palabra para poder mejor glorificarle en sus matrimonios. Por haber estado abrumado con la gloria de Dios y su obra en el mundo, me olvidé de mi egoísmo, orgullo y envidia. Desde allí, podía entonces tener gozo, paz y contentamiento en mi corazón. De hecho, esta conferencia fue una de las experiencias más lindas y provechosas para mi esposa y yo en nuestros cuatro años de matrimonio.

Al reflexionar de mi cambio de actitud durante esta conferencia, llegué a aprender la siguiente verdad: Puesto que el orgullo nos ciega a la hermosura de Dios y su obra en el mundo, deberíamos humillarnos delante de Él para regocijarnos en ella para la gloria de su nombre. Tal vez mi testimonio en cuanto a mi orgullo, inseguridad y envidia no sea lo mismo de usted. Pero sé que el orgullo y la envidia son pecados universales cuya raíz se encuentra en corazones propensos a la idolatría y cuyos frutos se ven de distintas maneras. Si es así, entonces ¿Qué deberíamos hacer para poder cambiar nuestros corazones y regocijarnos en la obra que Dios está haciendo en todo el mundo para la gloria de su nombre?  

  1. Necesitamos reconocer que el orgullo mata el gozo que es nuestro debido a Cristo y su obra salvífica.

En el inicio de la conferencia mencionada arriba, no tuve gozo en y asombro de Dios y su obra debido a mi orgullo y la afecta miopía que resultó. Estuve pensando: “¿Qué están pensando los demás de mi?” “¿Qué han hecho los demás en sus ministerios que yo no he hecho?” Fue imposible poseer contentamiento y satisfacción en Dios y a la vez estar tan enfocado en mi mismo. Escribiendo acerca de esta dinámica, el destacado autor John Piper escribe lo siguiente: “Para hacerles sentirse bien de ellos mismos cuando fueron creados para sentirse bien al ver a Dios es como llevar a alguien a los Alpes Suizos y encerrarlos en un cuarto lleno de espejos.” Amados hermanos, fuimos creados para glorificar a Dios. No hay gozo más sublime cuando estamos completamente abrumados con su grandeza, gracia y amor. Una falta de gozo a menudo se debe a una falta de meditar lo suficiente en quien es nuestro Dios y lo que ha hecho para nosotros en Cristo. Eso es lo que pasó conmigo con mi falta de gozo en el inicio de la conferencia.              

  1. Necesitamos arrepentirnos por nuestro orgullo, y pedir a Dios que su Espíritu Santo cambie nuestros corazones.

A continuación, tuve que reconocer que mi actitud de celos y comparación fueron frutos del pecado arraigado en un corazón orgulloso. Mientras cantamos unánimes las verdades preciosas de Dios que se encuentran en su Palabra, el Espíritu Santo me convenció por mi actitud. Reconocí el pecado del orgullo en mi corazón, pedí perdón de Dios y pedí que Él me ayude a cada vez más menguar, desechar mi ídolo de la acepción de otros y enfocarme en la grandeza de Dios. Gracias a Dios que esta es una oración que sé que Dios está feliz de contestar de forma positiva. Elyse Fitzpatrick, hablando acerca del rol del Espíritu Santo en desarraigar los ídolos en nuestros corazones, escribe: “Abrazar la belleza y la gloria de Cristo es esencial, porque la alabanza es un producto de amor. A medida que el Espíritu Santo ilumine tu corazón con la belleza de Cristo, tu amor crecerá. Los dioses falsos que nos tientan perderán su habilidad de interesarnos. Él Espíritu Santo nos hace adoradores de Dios, enseñándonos la racionalidad de amar el Ser mas bello de todo el universo.” ¡Estas son buenas nuevas para alguien con tendencia hacia la auto-exaltación como yo!          

  1. Necesitamos expandir nuestra perspectiva y agradecer a Dios por la obra que Él está haciendo en todo el mundo entre los diversos grupos étnicos.

Cuando Jesús dio a la Gran Comisión a sus discípulos, él no les estaba enviando en una misión infructuosa. Cristo resucitado les dijo: Toda potestad me es dada en el cielo y la tierra (Mateo 28:18). Puesto que el Señor Jesús está exaltado a la diestra del Padre, él está edificando su iglesia entre los distintos grupos étnicos en el mundo (cf. Mateo 16:18). La Gran Comisión sigue de pie. Como mencioné arriba, hace 200 años el rincón de Sudamérica que mi esposa y yo llamamos hogar estaba lleno de creencias ancestrales ocultas y las tergiversaciones de ciertas enseñanzas de la Iglesia Católica Romana. Ahora en 2025, presenciamos la belleza de aproximadamente 250 cristianos de diversas iglesias por el Ecuador cantando alabanzas a Cristo. Cristo reina, y su obra es asombrosa.

Amados hermanos, somos partícipes pequeños en una obra que es mucho más grande que nosotros. La obra de Cristo edificando su Iglesia por el poder del Espíritu entre todas las naciones del mundo para la gloria del Padre es algo que debería infundir humildad y asombro en nosotros. Ante esta obra, nuestros propios reinos impulsados por corazones orgullosos son achicados (como yo experimenté en la conferencia). Y esto es algo bueno para nosotros, pues fuimos creados para glorificar a Dios por el poder del Espíritu en el reino eterno de Cristo. Cuando nos arrepentimos de nuestro orgullo y la edificación de nuestros propio reinos, una nueva visión de vida, gozo y abundancia se abre ante la realidad de ser un partícipe pequeño en la obra redentora que Dios está realizando entre gente de cada lengua, tribu y nación para la exaltación de Cristo.

Conclusión

Estos tres puntos son cosas que aprendí al reflexionar de mi experiencia en aquella conferencia, y espero que sean de ayuda para ti, sea lo que sea es tu llamado o tus circunstancias específicas. Aunque soy un misionero de algunos años de experiencia, aún necesito aplicar estas verdades en mi corazón. Estoy tan agradecido por la obra que Dios está haciendo en América Latina, y por los vislumbres de su gracia en las vidas de muchas personas y ministerios a mi alrededor. Estos vislumbres me enseñan, me ayudan a identificar mis pecados y puntos débiles y me animan a seguir adelante en el ministerio que Dios nos ha llamado a mi esposa y yo en el Ecuador.            


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